verosimilitud
Por más que me miro, del derecho y del revés, no encuentro la puerta por la que logra entrar.
Se debe de colar por las rayitas de las persianas, bien de mañana, cuando los que trabajan de noche están todavía encerrados y los que trabajan de día están todavía durmiendo. Cuando la enfermera todavía no ha pasado la primera ronda de termómetros a todos los pacientes.
Entra y es de mañana, y está cansado, así que coge la almohada y se tumba en el suelo. Y se queda dormido.
Entonces, suena el despertador, con cualquier canción, absurda o no, o incluso con el estado del tráfico y el transporte público.
Y me despierto, a veces sobresaltada, a veces con total naturalidad, y lo apago.
Al principio, nunca me noto nada raro, y hago el desayuno, sorprendiéndome de no cortarme en cualquier mano, o de no quemarme la punta de la lengua. Leo el periódico muy por encima. Es entonces cuando descubro su presencia: se despierta.
Y me borra esa absurda sonrisa de ignorante, de ingenua, de feliz, de sin tapujos.
Y me la borra llenándome de dudas, de sueños rotos, de mundanal ruido y de lo que es: de vértigo.
Entonces, el miedo me impide salir a la terraza. Así que la lavadora se queda sin tender, y la ropa se queda arrugada, sin miedo de mostrar su verdadera edad.