La cogió entre sus manos con la delicadeza de quien sabe que puede romper el cristal.
Pero nunca creyó que existiera un mundo al otro lado del espejo.
Escuchaba sus historias fascinado, y cuando sonreía era verdad. Pero era esa verdad ingenua de todas las noches de cinco de enero, que se te anuda en el estómago.
Y un día ella, dejó de contar historias.
No quería cuentos que la ayudaran a dormir,
o sueños que le provocaran la necesidad de escribir.
Tampoco sabía si quería,
o solamente mentía como mienten todos los cronómetros.
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Wednesday, April 23, 2008
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